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Especialista en Endocrinología
Trastornos alimentarios

Trastornos Alimentarios 

Dr. Daniel Barrezueta Narváez

Endocrinólogo-Diabetólogo

          Partiendo de supuestos formativos erróneos en lo relacionado con los hábitos de nutrición se pueden llegar a producir varios desórdenes severos, tales como la anorexia nerviosa, la bulimia y la obesidad. Por ser de mayor interés dedicaré a la última este artículo, particularmente en lo relacionado con la explicación de sus orígenes, consecuencias y tratamiento.

           ¿Cómo se origina? ¿Qué la hace perenne? Son preguntas que continuamente nos hacemos, tanto los afectados como quienes nos hemos involucrado en su tratamiento. En realidad, veo esto de manera muy simple: el inicio de la obesidad es provocado casi siempre por desarreglos culturales, en particular el desconocimiento familiar y personal acerca de las reglas básicas de la alimentación. Después la obesidad se perpetúa por elementos añadidos de carácter biológico y psicológico. Entre estos últimos se destaca el desorden en la autoimagen (el sujeto no se ve a sí mismo como un persona gorda), la inactividad progresiva, el hedonismo voraz que invade poco a poco todas las áreas de la actividad recreativa, el pensamiento dicotómico del “todo o nada” que impide la continuidad de los tratamientos, y el desorden compulsivo.

 Con el tiempo la conducta del obeso gira casi siempre alrededor de la glotonería, que se transforma en su principal o único desahogo. Así, en esta etapa se han añadido a los malos hábitos iniciales los desórdenes psicológicos y conductuales. Además, como si esto no fuese suficiente, se incorporan progresivamente diversos factores biológicos que constituyen nuevas cadenas que atan al obeso a sus malas costumbres, muy difíciles de romper sin voluntad, pasión, entusiasmo y ayuda profesional.

 ¿Cuáles son estos factores biológicos? Son mecanismos que la evolución desarrolló a través de los siglos para mantener intacta la masa grasa. En el paleolítico y en parte del neolítico (los millones de años anteriores a la revolución agrícola que dio origen a los asentamientos humanos permanentes alrededor de los cultivos) la gordura fue vital para la sobrevivencia de la especie. Para el humano primitivo, nómada y recolector, la panza no fue el símbolo de malos hábitos y mala salud que es ahora, sino un valioso cofre de energía acumulada y disponible para ser utilizada en los largos períodos de carencia de alimentos. Era, pues, vital que la evolución procure los mecanismos necesarios para que la gordura permanezca en su lugar.

 El principal mecanismo es el hambre que se genera por señales hormonales que parten hacia el cerebro desde la gordura y el sistema digestivo. Las células de grasa del cuerpo producen una sustancia llamada leptina y mientras más adiposidad tenemos en el cuerpo más elevados son  los niveles de leptina en la sangre. Cuando esos niveles descienden por causa de la reducción de la gordura el cerebro se entera y manda las órdenes que nos obligan a comer. Esto significa que para reducir la masa grasa debemos permanecer hambrientos un tiempo, hasta acostumbrarnos, ya que cualquier alimento que sea capaz de saciarnos estará proporcionándonos las calorías necesarias para devolver la masa grasa a su volumen inicial.

 La leptina no es la única señal química que perenniza la gordura; hay decenas, quizás cientos de hormonas que comunican a la grasa y al sistema digestivo con la parte baja del cerebro donde se regulan tiránicamente nuestros comportamientos instintivos. Finalmente, a medida que la persona va engordando se va encadenando a hábitos sedentarios producidos por el sobrepeso y de ese modo acumula cada vez más y más energía sobrante.

 La ciencia médica desarrolló en el pasado algunos buenos fármacos inhibidores del apetito, pero estos fueron efectivos en la mayoría de los casos únicamente mientras el obeso tomaba la medicina. Casi siempre el sujeto volvía a engordar después de que había retirado el medicamento. No pocas veces el fármaco fallaba del todo, lo cual indicaba que en ciertas personas el hambre per se no era la causa de la gordura y que comían por razones hedonistas antes de que el sistema les reclamase alimentos. Se anticipaban al hambre, jamás llegaban a sentirla. En este punto, adelantándome un poco, deseo recalcar que así como no se puede parar una silla sólo en una pata, no es posible hacer un tratamiento anti-obesidad solamente con pastillas, o únicamente con psicoterapia, o exclusivamente con dietoterapia, o solamente con cirugía bariátrica.

 Cada año salen docenas de libros con dietas maravillosas y la industria de las utopías ofrece píldoras y cremas mágicas a cada rato; los cirujanos cada cierto tiempo inventan también una nueva operación, todo lo cual significa que no hay una solución que sea realmente buena, la única y la definitiva. El tratamiento más sensato por ahora consiste en enfrentar al problema desde cuatro ángulos que semejan las cuatro patas de una silla: 1) el obeso debe recibir, en vez de prescripciones de dietas, una instrucción nutricional continua que le proporcione la experticia necesaria para someterse a sus propios dictámenes, porque es sabido que nadie obedece de manera permanente las imposiciones ajenas; 2) el sujeto debe involucrarse con personas adictas a comportamientos saludables, establecer amistades en los gimnasios y los establecimientos deportivos, emulando las prácticas de los iniciados en el ejercicio físico; 3) además debe recibir las diversas formas de psicoterapia encaminadas a corregir los trastornos del comportamiento alimentario; y, 4) el médico puede utilizar en casos seleccionados la farmacoterapia y la cirugía digestiva llamada bariátrica, que altera el proceso de la digestión de los alimentos.

 La psicoterapia es un arte difícil. Consiste en reconstruir mediante diferentes técnicas (terapia racional emotiva, técnica cognitiva conductual, etc.) los pensamientos del sujeto hacia canales más saludables. Es un trabajo constante y denodado encaminado a evitar que el comportamiento se desvíe por caminos irracionales y perniciosos. Es como cambiar el curso de un río de pensamientos desde un lecho antiguo y viciado a otro nuevo y mejor.

 Con respecto a la cuarta pata, se ha hecho mucho ruido proclamando los beneficios de la cirugía digestiva para en tratamiento de la obesidad y de sus desordenes metabólicos. Al final del día y terminadas las discusiones, creo que es una muy buena ayuda para el tratamiento de la obesidad severa y complicada, entendiéndola como una amputación extrema y de rescate, mas no como una solución cómoda (¡que no lo es!), única o definitiva. Además, los procesos metabólicos anormales (principalmente la diabetes) son desórdenes dinámicos, complejos y progresivos, por lo que suponer que simplemente poniéndoles una camisa de fuerza a las tripas vayamos a alterar permanentemente su evolución es tratar de encontrarles una explicación cándida y mecanicista.

 ¿Por qué nos preocupa tanto la obesidad? ¿Para qué corregir con tanto esfuerzo algo que fue diseñado por la misma naturaleza? Porque allí donde ella pone una solución deja una trampa. Al mismo tiempo que nos hizo a los humanos resistentes para soportar las hambrunas prolongadas también nos metió el veneno para que no vivamos mucho tiempo, para que dejemos espacio a los que vienen. La grasa del abdomen genera varias secreciones químicas llamadas citokinas pro-inflamatorias, las cuales son responsables de la mayoría de los trastornos de la era moderna, tales como la diabetes, la hipertensión, la gota, la aterosclerosis, el infarto y algunas variedades del cáncer. Con un sobrepeso moderado la hipertensión se incrementa 5 veces, la hipercolesterolemia 2 veces y la diabetes 4 veces. Con grados mayores de sobrepeso suele haber deterioro de las articulaciones de las caderas, rodillas y tobillos y obstrucción respiratoria durante el sueño. En cuanto al cáncer, en hombres gordos son más frecuentes los de próstata, colon y recto y en las mujeres se añaden los de vías biliares, mamas, útero y ovarios. Está claro que la gordura es un pésimo negocio, desagradable y enfermizo; sin embargo es una prisión impuesta por nuestros propios genes, un atavismo que la evolución no tuvo tiempo de corregir. Es una tara que sólo podemos cambiar con la misma inteligencia que utilizó nuestra especie hace diez mil años, en la gigantesca revolución neolítica que se inició en el Levante Mediterráneo, eliminando el hambre universal.

Dr. Daniel Barrezueta Narváez

Endocrinólogo-Diabetólogo

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