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La Constitución de 1787
 
 

LA CONSTITUCIÓN DE NORTEAMÉRICA (6 PARTES) + 1 ***

(#1) Ubicación histórica: Cursaba el siglo XVIII y el mundo estaba hecho retazos por obra y para beneficio de los imperios europeos. Sus problemas comenzaron, sorprendentemente, en la lejana y salvaje Norteamérica, donde hubo una exitosa revuelta que poco después contagiaría al mundo.

En Francia, el 5 de mayo de 1789, dos meses antes del inicio de la revolución, el Rey Luis XVI inauguraba los Estados Generales. El pobre Rey, tímido, tartamudo y obeso, gobernaba como monarca absoluto la mayor potencia continental –envidiada, rica, fuerte y temida–, que abrigaba 25 millones de almas. Luis reinaba acosado, sitiado, abrumado por una corte de 15 mil codiciosos y pervertidos lameculos, más otro tanto que rodeaban a su emperatriz austriaca, María Antonieta, causando ingentes gastos cortesanos, en medio del hambre del “tercer estado” (burgueses, campesinos y obreros), y de la incómoda crítica de la Ilustración. Todo ello, sumado al ejemplo reciente de Norteamérica, habría de causar el estallido revolucionario de julio de 1789.

Mientras tanto, Inglaterra, la gran vencedora de la Guerra de los Siete Años (1759-1766), había adquirido dominio sobre Norteamérica  y la India. Con sus 15 millones de habitantes era el centro financiero del mundo (de hecho lo fue por más de dos siglos y medio, hasta el autogol de 2016); y estaba en medio de la revolución industrial. Llegó a tener más de 5.000 máquinas industriales a  vapor mientras la desarrollada Francia poseyó apenas 500.

El gran Reino de España, con sus 12 millones de habitantes permanecía empantanado en la restauración borbónica y socialmente muy anquilosado entre las pugnas de los nobles terratenientes y las reformas inútiles de Carlos III. Portugal, a pesar de sus inmensas posesiones en Suramérica y África, contaba apenas con 3 millones de habitantes y dependía de Inglaterra desde 1703 por un desigual tratado comercial; y Holanda, con su autonomía todavía no recuperada tras la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), también permanecía amarrada a Inglaterra mediante el matrimonio de Guillermo de Orange y María Estuardo.

Rusia, inmensa, campesina y aristocrática, permanecía con sus 30 millones de habitantes sumergidos en la economía medioeval que primaba al este del Elba, mientras su zarina Catalina II vivía preocupada por darle carácter ilustrado a su reinado y su ex-amante, Grygori Potemkin (el amigo del venezolano Francisco de Miranda), estaba empeñado en conquistar Crimea y en pacificar los cosacos del sur de los Urales.

Austria, el enorme, multilingual y multiétnico imperio de los Habsburgo, permanecía controlada por una elite germánica bajo el fuerte dominio de José II, quien trataba de unificar la cultura imponiendo el idioma alemán en nacionali-dades tan diversas como eran italianos, checos, húngaros, belgas, croatas y serbios.

Finalmente Prusia, fuerte e impecable con su moderno ejército de 180.000 hombres –el más eficiente y poderoso de la época– tras la conquista de Silesia y gracias a la voluntad de Federico II ­–el más ilustrado de los déspotas– irrumpía con fuerza en el balance geopolítico de la Europa continental.

El resto del mundo, literalmente, NO CONTABA. Los países nórdicos se encerraban en sí mismos y Turquía, “el hombre enfermo de Europa” cuyo poder anteriormente se había extendido desde Argelia a Crimea, y desde Belgrado al Golfo Pérsico, estaba siendo desmembrado por Austria y por Rusia, mientras se encendían los violentos nacionalismos balcánicos.

Norteamérica estaba ceñida entre ese entorno aristocrático, imperialista y con fuertes rezagos medioevales, cuyo equilibrio geopolítico se asentaba en criterios exclusivamente demográficos y militares. Tenía apenas 4 millones de habitantes, límites todavía estrechos –que no rebasaban los montes Apalaches–, y un comercio que dependía en el 90% del intercambio desigual de los productos con la metrópoli inglesa. En tales condiciones, sin embargo, en 1775 inició su guerra independentista que culminó exitosamente en 1783 con la “segunda Paz de París” o segundo “Tratado de Versalles”, seis años antes del asalto a la Bastilla que dio inicio a la Revolución Francesa.

(#2) Las 2 “paces de París” y las 5 posteriores: Europa y el mundo se estaban familiarizando con esos tratados de Versalles o “paces de París”. La “primera Paz” había sido firmada en 1763, poniendo fin precisamente a la Guerra de los Siete años. La “tercera” sería en 1814, confirmando la abdicación de Napoleón I. La “cuarta” ocurriría en 1919 y pondría fin a la Primera Guerra Mundial, abofeteando de tal modo a Alemania que en 1940 Hitler habría de efectuar el acto reverso, humillando a Francia. Eso no ocurriría propiamente en Versalles, sino en el bosque de Compiègne, no muy lejos de París. El sexto tratado (la “sexta Paz de Paris”) se firmaría en 1947 tras el fin de la Segunda Guerra Mundial; y, finalmente, el último tratado de Versalles o la “séptima Paz de París”, habría de signarse en 1973, poniendo el punto final a la Guerra de Vietnam.

El hecho que nos interesa ahora es que cuatro años después de la “segunda Paz” de 1783 que puso fin a la guerra de independencia, en septiembre de 1787 devino la promulgación de una sorprendente constitución, original, burguesa, democrática e ilustrada (actualmente la constitución federal más antigua en vigor en el mundo), dictada en medio del máximo esplendor de las monarquías absolutistas, que actuaban como potencias militares imperialistas con una rígida estructura social que separaba de manera tajante a los no-favorecidos (burgueses, obreros y campesinos) de los nobles y del clero.

(#3) La Declaración de Independencia: con anterioridad a la confrontación armada, en 5 de septiembre de 1774 se reunió en Filadelfia en “Primer Congreso Continental,” el cual, sin dar todavía el paso definitivo al enfrentamiento, estimaba que no debía obedecerse a la Corona hasta que no se consideren sus derechos a opinar sobre la imposición de los tributos. No obstante, poco después se iniciaron las jornadas de guerra y en 1775, el “Segundo Congreso Continental” resolvió separarse de la Corona Inglesa. Finalmente, el 4 de julio de 1776, la Convención de Filadelfia aprobó una declaración de independencia que había sido redactada por Jefferson, en la que se recogían los principios de los enciclopedistas. Fundaba la separación de las colonias en las “Leyes de la Naturaleza” y del “Dios de la Naturaleza” y afirmaba los derechos a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Proclamaba el derecho de los ciudadanos a derrocar al Gobierno si este se opone a tales fines; y formulaba la conformación del mismo como un servidor del cuerpo político, con poderes delegados por el pueblo y que podían ser retirados por este en cualquier momento.

Mediante los enunciados de los convencionistas, se plasmó en el terreno de la gran política las ideas que durante mucho tiempo habían proclamado Voltaire, Diderot y Rousseau.  En otras palabras, los norteamericanos habían transformado en una realidad política aquello que los tratadistas habían mantenido durante tantos años como mera especulación teórica.      

(#4) La guerra de independencia: Con anterioridad a la guerra de independencia había ocurrido, como ya mencionamos, la Guerra de los Siete Años (1759-1766). Esta confrontación fue un duro conflicto colonial que devino en una auténtica guerra mundial; se libró en la India, Norteamérica y Europa y los principales actores fueron ingleses, franceses, austriacos y prusianos. En la confrontación en terreno norteamericano se fogueó, todavía muy joven, Jorge Washington. El conflicto agotó a Europa y sobre todo a Inglaterra, la cual tras deshacerse del gran William Pitt “el viejo” –el “protector de las colonias”– y de los liberales del partido de los whigs, encargó sus asuntos coloniales a Greenville y a los inflexibles torys, quienes dictaron algunas leyes orientadas a recuperarse económicamente exprimiendo lo mas posible a sus flamantes posesiones.

A estos resentimientos económicos se sumó la influencia de un destacado grupo de teorizantes políticos norteamericanos, tales como Adams, Franklin, Jefferson y Washington, prosélitos de la filosofía política de Locke, de los principios anti-Iglesia del deísmo y de los concepción racionalista de la naturaleza, quienes además eran asiduos lectores de las obras publicadas en L’Enciclopèdie por Diderot, D’Alembert, Voltaire, Rousseau y Montesquieu: los filósofos del momento.

Inicialmente esos portavoces no preveían la independencia; apenas desea-ban algo de autonomía y de self-government. Aquí es donde se puede ver otra vez lo que siempre he sostenido: que las ideologías siempre han empujado a las naciones a tomar rumbos equivocados, ya que al pragmatismo de los norteamericanos se enfrentó una metrópoli soberbia, que sostenía porfiadamente que “los súbditos ingleses en cualquier parte del mundo eran súbditos de la corona y deben estar sujetos a leyes del Parlamento Británico”, y punto.

Así fue como, rápidamente, empezaron a hablar las armas. Se precipitó la Guerra de Independencia de Norteamérica (1775-1783) y se incrementó, como ya vimos, después de que el 4 de julio 1776 cuando se firmó la Declaración de Independencia de las 13 colonias, aprobada en el Segundo Congreso de Filadelfia.

¿Cómo consiguieron después de esa declaración imponerse sobre los pode-rosos británicos? No fue porque la guerra haya sido especialmente encarnizada. Fue mas bien corta. Como vimos, duró apenas 8 años, poco en comparación, por ejemplo, con las guerras hispanoamericanas que demoraron desde 1810 hasta 1833 y que en la voluntad de muchos todavía no concluyen. Un importante factor que facilitó el triunfo de los norteamericanos fue el carácter no-excluyente de la declaración y –sobre todo– de los declarantes, lo cual permitió que intervengan favorablemente las monarquías europeas que mantenían antagonismos con la inglesa, lo cual comprendía a todas.

Terminada la Guerra de Independencia se dictó, como ya fue mencionado, la Constitución Norteamericana, el 17 de septiembre de 1787. Ocurrió durante otra Convención (Constitucional) de Filadelfia que se dio desde mayo de ese año.   

(#5) La Constitución de 1787: ** Intervinieron en su redacción los representantes de 12 de las 13 colonias o “trece Estados” y su diseño fue un despliegue de pragmatismo con el propósito de evitar que prosperen los caudillos. Básicamente, el Plan de Virginia sobre el cual se desarrolló la Consitución fue propuesto por James Madison y preveía: (A) un Congreso Bicameral (Cámara de Representantes y Senado) pleno de poderes; (B) Un Presidente ejecutivo elegido por la legislatura; (C) Un poder judicial con poderes indeterminados y servicio de por vida.

La división de poderes, que evitaba ciudadosamente los personalismos, era la base de la estructura de la Constitución. Se asentó en los principios enunciados por Montesquieu, sobre las fuerzas equilibradas que se opusieran mutuamente para prevenir la tiranía; y sobre todo, en el poder colegiado de los jueces supremos elegidos de por vida. Lo que hizo especialmente durable a esa constitución fue ese propósito de sus impulsadores y el método seguido. No fue dictada por los intereses temporales de un fulano, o para preservar la preeminencia de algún grupo o “clase” social; fue dictada con meticulosa astucia para construir una nación libre.

(#6) Ratificaciones y Enmiendas: Después de su promulgación sucedieron las arduas luchas parlamentarias para la ratificación de cada uno de los trece estados. Así, desde diciembre de 1787 en que firmó Nueva Jersey, durante todo el año 1788 y hasta mayo de 1790 en que firmó la siempre reticente Rhode Island, cada uno de los estados signatarios se sumó al compromiso de crear los Estados Unidos de Norteamérica.

Luego en 1791 se añadieron 10 “enmiendas” –que conformaron la Carta de los Derechos de los Estados– que habían sido prometidas a los oponentes durante los debates de 1788. Destacan los juicios con jurado, el derecho de portar armas, la prohibición de fianzas excesivas y de los castigos crueles e inusuales. Estipuló ciudadosamente las condiciones para al Juico Político (Impeachment) y la remoción de los “oficiales civiles” (presidente, vicepresidente, jueces, etc.), limitó los poderes del Estado y , sobre todo, el proceso de enmiendas, lo cual se constituyó en un equibrado, difícil y meticuloso método para reformar la Constitución. Finalmente, puso énfasis en la eliminación de los requsitos religiosos para acceder a las oficinas públicas.

(#7) Agonismos y antagonismos: lo primero es fácil de entender: el modelo norteamericano de Constitución fue adoptado por las grandes democracias que surgieron después de la Revolución Francesa y rige, con las modificaciones que han de responder a las condiciones locales, sobre todo el mundo civilizado. En cuanto a los antagonismos, me limitaré a transcribir un diálogo de El amante de Bella Paz, la novela:***

Ariel y José Luis, escuchen bien esto: todo el conflicto moderno y toda la Primera Guerra Fría se centró en ese detalle: “el leninismo”. Digo esto porque la visión de Estado que tuvo Lenin –no Marx porque él no se ocupó de eso– difería completamente del diseño que, en cambio, habían señalado John Locke y Montesquieu en los siglos XVII y XVIII; aquel que ha sido adoptado por todas las democracias modernas y que consiste en la división e independencia de los poderes del Estado. La contrapropuesta enunciada por Lenin para la organización política del Estado Comunista era completamente distinta:  promovía la implementación de un partido único (el comunista), la dictadura de una clase social (el proletariado) sobre las demás, y la confluencia de todos los poderes de gobierno en las asambleas populares (los soviets). Esta visión de Lenin y su aplicación en el bloque soviético, tras la Primera Guerra Mundial, fue la causa de todos los enfrentamientos que azotaron a la humanidad durante el siglo XX.

La declaración de Fidel de finales de 1961, implicó todo aquello en Cuba, lo cual se podría resumir en lo que Lenin llamó “centralismo democrático”, es decir, el sacrificio “voluntario” de la libertad en aras de la máxima eficacia. En base a ese concepto las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) pasaron a ser el Partido Único de la Revolución Socialista Cubana (PURSC), la Asamblea Nacional del Poder Popular fue una versión caribeña de los “sovety” y el todopoderoso cargo de “prem’yer” devino en el de primer ministro, que Fidel Alejandro Castro Ruz ocupó –directa o tácitamente– durante todo el resto de su larga vida.

* Historia Universal Marín, Tomo IV (Siglos XVI y XVII)

** Wikipedia

*** Daniel Barrezueta Naváez, El amante de Bella Paz, en prensa.

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